ROMANOS 3:25
El Nuevo Pacto, la Sangre y la Presencia Revelada: Una Lectura de Romanos 3:25 a la Luz de Éxodo 25 y Jeremías 31
Introducción
Romanos 3:25 constituye el corazón de la teología paulina de
la redención:
“A quien Dios exhibió públicamente como hilastērion por su
sangre, mediante la fe, para manifestar su justicia, a causa de haber pasado
por alto los pecados pasados.”
Tradicionalmente, hilastērion se ha traducido como
“propiciación” o “medio de expiación”, términos que enfatizan un acto ritual de
purificación o aplacamiento de la ira divina, centrado en la muerte de Cristo
en la cruz como un mecanismo penal o forense. Si bien esta interpretación tiene
valor, tiende a privilegiar una acción sobre un objeto, limitando perspectivas
alternativas que destacan dimensiones relacionales y de revelación. En
contraste, esta lectura propone que hilastērion no se reduce a un mero
instrumento de propiciación, sino que designa primordialmente el lugar-persona
de encuentro y revelación divina en Cristo, inaugurado por su sangre como sello
del nuevo pacto.
Antes de profundizar en hilastērion, nos concentraremos en
la expresión “por su sangre”. A la luz de Éxodo 25 y Jeremías 31 —dos marcos
canónicos que informan el pensamiento paulino— se subraya una dimensión
complementaria y significativa: Pablo acentúa la inauguración de una nueva
alianza, sellada por la sangre de Cristo. Esta perspectiva desplaza el foco de
lo estrictamente forense (como en lecturas tradicionales que ven la sangre como
un pago penal) hacia lo relacional y pactual, ampliando nuestras perspectivas
soteriológicas. Aquí, “por su sangre” no apunta solo a un rito de purificación
aislado, sino al acto inaugural de la Nueva Alianza que hace vincula a Dios con
su pueblo, abriendo el acceso al perdón prometido y a una comunión viva.
Para aclarar esta propuesta, atendamos a la expresión “lo
exhibió públicamente”. Este acto se entiende a la luz de la proclamación divina
—por el Espíritu— de que Jesucristo es Hijo de Dios (cf. Ro 1:4: “…fue
declarado Hijo de Dios con poder, según el Espíritu de santidad, por la
resurrección de entre los muertos…”). El Hijo así declarado es el Cristo
glorificado; y, en este sentido, dicha proclamación corresponde a la
“exhibición pública” de Cristo como hilastērion en Romanos 3:25: el
lugar-persona donde Dios manifiesta su justicia y se encuentra con la
humanidad. Su “sangre” no funciona meramente como instrumento ritual de
expiación (como en visiones tradicionales), sino como sello inaugural del nuevo
pacto, cumplimiento de Jeremías 31:31–34, que transforma el encuentro con Dios
de algo mediado por objetos rituales a una relación personal y dinámica.
1. Éxodo 25: El Hilastērion como Lugar de Revelación
En Éxodo 25:17–22, el término hebreo kappóret —traducido en
la LXX como hilastērion— designa la cubierta del arca del pacto. En este
pasaje, el acento no recae primordialmente en la expiación o purificación
ritual (como en interpretaciones tradicionales que lo asocian casi
exclusivamente al Día de la Expiación en Levítico 16), sino en la revelación y
la comunión: el hilastērion es el espacio donde Dios se da a conocer. Así lo
indica el texto: “Y de allí me declararé a ti, y hablaré contigo de sobre el propiciatorio
(hilastērion)…” (Éx 25:22). Este énfasis marcado en la revelación y el
encuentro se distancia de lecturas que ven este objeto casi únicamente por su
rol en la expiación anual, mostrando que el concepto ya tenía una dimensión
teofánica fuerte en su contexto original —algo que a veces se pierde de vista
en enfoques más rituales o penales.
Pablo, formado en la Torá y la Septuaginta, emplea
hilastērion en Romanos 3:25 no como mera metáfora de propiciación (que
reduciría a Cristo a un instrumento pasivo), sino como signo teofánico: el
Cristo glorificado es el lugar donde Dios se da a conocer y manifiesta su
justicia fiel y redentora. Esta interpretación complementa y redefine la visión
tradicional, al pasar de un foco en la acción expiatoria a uno en la presencia
revelada, donde Dios no solo purifica, sino que se hace accesible de manera
relacional.
2. Jeremías 31: El Pacto y la Promesa del Perdón
El trasfondo de hilastērion en Éxodo se enlaza de modo
natural con la teología del pacto. No es casual que la instrucción sobre el
arca y su cubierta (Éx 25) siga, en la narrativa, a la inauguración del pacto
en el Sinaí (Éx 24). Allí, Moisés toma la sangre de los sacrificios y declara:
“Esta es la sangre del pacto que Yahvé ha hecho con vosotros” (Éx 24:8). La
sangre, por tanto, no funciona como un fin ritual en sí mismo (como en visiones
tradicionales que la ven como un mecanismo de purificación separado), sino como
el sello que confirma e inaugura la relación pactal entre Dios y su pueblo,
vinculando a Dios con Israel. Este matiz pactual se podría perder si nos
quedamos solo con la idea de un rito expiatorio aislado, peroal considerar que
Pablo lo tiene presente se enriquece la comprensión de Romanos 3:25.
En esa misma línea, Jeremías 31:31–34 anuncia un nuevo
pacto, caracterizado por una obra interior de Dios (“pondré mi ley en su mente,
y la escribiré en su corazón”) y por la promesa explícita del perdón:
“Perdonaré su maldad, y no me acordaré más de su pecado” (Jer 31:34). Obsérvese
el orden teológico: el perdón no aparece como el medio para obtener el pacto,
sino como resultado y don que brota de la iniciativa fiel de Dios en ese nuevo
marco relacional. Esto contrasta con lecturas tradicionales que enfatizan la
propiciación como un pago legal, destacando en cambio la fidelidad de Dios como
fuente de restauración.
Cuando Pablo declara en Romanos 3:25 que Dios “exhibió
públicamente” a Cristo como hilastērion “para manifestar su justicia”, está
leyendo la obra de Cristo a la luz de esa promesa profética. La dikaiosýnē
theou no se reduce aquí a retribución penal (como en visiones forenses
tradicionales); nombra, más bien, la fidelidad de Dios a Sus promesas, que se
traduce en perdón, redención y restauración conforme a Jeremías 31. Comprender
esta justicia como fidelidad al pacto ofrece una alternativa sólida a interpretaciones
que la ven puramente como castigo-recompensa; esta visión resuena mucho más con
cómo Dios se revela en Éxodo 34:6 como un Dios fiel y misericordioso. De este
modo, la “manifestación” de la justicia divina en Cristo no contradice el
testimonio del Antiguo Testamento, sino que lo consuma: Dios se muestra justo
porque cumple sus promesas, sus dichos en coherencia con sus hechos.
Así, el hilastērion de Romanos 3:25 no puede separarse de
Jeremías 31. La sangre de Cristo —en continuidad con Éxodo 24— inaugura el
nuevo pacto anunciado por el profeta; y la “manifestación de la justicia de
Dios” es el cumplimiento de esa promesa que contiene todas las promesas del
Señor: el Dios de fidelidad permanece fiel y, por ello, perdona, redime y
restaura. Esta lectura mantiene el eje bíblico en el nuevo pacto y permite
comprender la obra de Cristo como el lugar-persona en el que la presencia fiel
de Dios se hace accesible y eficaz para los suyos, más allá de un mero arreglo
legal.
3. La Sangre del Pacto: Fundamento del Hilastērion
La expresión paulina “en su sangre” (ἐν τῷ αὐτοῦ αἵματι)
debe leerse en estricta continuidad con Éxodo 24 y Jeremías 31. En el Sinaí, la
sangre es designada “sangre del pacto” (Éx 24:8), es decir, sello que ratifica
e inaugura la relación entre Dios y su pueblo; del mismo modo, el anuncio de
Jeremías 31:31–34 promete un nuevo pacto cuyo fruto distintivo es el perdón y
la renovación interior. Bajo este horizonte, la mención de la sangre en Romanos
3:25 no introduce un rito aparte de propiciación (como en lecturas
tradicionales que lo ven como un mecanismo aislado), sino que nombra el acto
inaugural del nuevo pacto mediante la muerte de Jesús en la cruz, lo cual hace
posible el perdón de los pecados y el acceso abierto a la presencia divina.
En esta clave, “en su sangre” apunta primordialmente al
sello que inaugura el pacto, dándole una riqueza particular que se pierde si se
reduce a un mero instrumento de purificación. Los eventos que ratifican la
entrada en vigencia de ese pacto —la victoria sobre la muerte y la subsecuente
glorificación— funcionan como su exhibición pública: Dios acredita a su Hijo y
lo presenta como el hilastērion, el lugar-persona donde su justicia fiel se manifiesta,
donde la voz de Dios se hace oír y donde la humanidad es recibida. Esto
contrasta con visiones expiatorias que enfatizan la cruz como fin en sí misma,
destacando en cambio la resurrección, y posterior entronización de Cristo, como
clave para la revelación pública de la Justicia de Dios.
De este modo, la sangre de Cristo, al inaugurar el nuevo
pacto, fundamenta la exhibición pública del hilastērion paulino: no como un
evento de propiciación aislada, sino como el sello eficaz de la Nueva Alianza
por el cual Cristo, tras su resurrección y glorificación, llega a ser el
auténtico punto de encuentro entre Dios y la humanidad. Allí, la “manifestación
de la justicia de Dios” no se reduce a categorías forenses, sino que expresa su
fidelidad a toda prueba, de la cual brotan el perdón, el acceso y la vida
compartida en Cristo con Dios, por pura gracia.
Así como el antiguo pacto, inaugurado con la sangre de los
novillos, dio paso a la construcción del arca y de su hilastērion, la sangre de
Cristo inaugura el nuevo pacto de comunión, en el cual Cristo mismo es el lugar
de la revelación divina. “Dios exhibió públicamente a Cristo como hilastērion”
(Rom 3:25). Ahora no se trata de un objeto, sino de una persona: el Cristo
exaltado, en quien se revela la fidelidad del Dios de la Nueva Alianza.
Obsérvese que Pablo no formula aquí que Cristo “realizó” la propiciación; si
hubiera querido expresar eso de modo directo, habría elegido otro vocabulario.
Recurre, en cambio, a un término asociado a la “tapa” del arca —hilastērion—
para indicar que Dios lo exhibió públicamente como el lugar donde su justicia
se manifiesta en actos concretos de redención. Esta elección resalta el
contraste con visiones tradicionales: no un acto penal, sino una revelación
relacional.
La justicia de Dios, en este pasaje, se ha de entender de
modo relacional, redentor y de revelación: se hace visible en la historia en el
Cristo crucificado, resucitado y entronizado, como fidelidad a la nueva
alianza, inaugurada por Su sangre, en acción.
4. La Personificación del Hilastērion: De Objeto a
Persona Viva
Al aplicar hilastērion a Cristo, Pablo traslada la imagen de
la cubierta del arca (kappóret) al Hijo exaltado, que ha entrado al Lugar Santísimo
Verdadero y se ha sentado a la diestra de la Majestad en las alturas. Aquello
que en el desierto funcionaba como figura —el punto donde Dios se encontraba
con Moisés, pero oculto tras el velo y de acceso restringido— se personifica
ahora en Cristo. Esta transición no es meramente simbólica; representa un salto
cualitativo profundo: de un objeto estático y sagrado a una persona viva,
dinámica y relacional. En el Antiguo Pacto, el hilastērion estaba velado,
simbolizando una revelación mediada y limitada; en el Nuevo, Dios lo exhibe
públicamente (proétheto), marcando un contraste asombroso entre lo oculto y lo
expuesto, que inaugura una era de acceso universal y abierto, por la sola fe en
el Resucitado.
Teológicamente, esta personificación transforma la
naturaleza misma del encuentro con Dios. ¿Cómo cambia la experiencia cuando el
lugar ya no es un objeto inanimado, sino una persona glorificada? Abre
dimensiones nuevas: un acceso más dinámico, una revelación más personal e
íntima, y una presencia divina activa y palpable. La vida, muerte, resurrección
y exaltación de Cristo lo preparan de manera única para este rol —de un modo
que un objeto no podía lograr. Cristo no solo nos lleva al Padre; Él es el Camino
y el Trono de gracia accesible (cf. Heb 4:16), invitándonos a una comunión viva
como sumo sacerdote eterno. Esta conexión con Hebreos subraya que el
hilastērion es ahora alguien con quien nos relacionamos, no un sitio geográfico
al que peregrinar.
El verbo “exhibió públicamente” adquiere un matiz especial
al aplicarse a una persona resucitada: implica no solo visibilidad, sino una
invitación activa a entrar en relación, contrastando con el velo del
tabernáculo. En Él, Dios se da a conocer, se revela y se encuentra con una
nueva humanidad perdonada como resultado de la Nueva Alianza en Su sangre. El
hilastērion ya no permanece oculto, sino que ha sido presentado ante todo lo
creado: Dios lo exhibe como el verdadero lugar del encuentro, donde la justicia
redentora se manifiesta y la humanidad es reconciliada con Aquel que Justo y
que justifica al que es de la fe de Jesús.
5. La Justicia de Dios Manifestada: Fidelidad Pactual y
Redención Universal
Pablo culmina: “Para manifestar su justicia, a causa de
haber pasado por alto los pecados pasados en su paciencia, con la mira de
manifestar su justicia en este tiempo, para que Él sea justo y el que justifica
al que tiene fe en Jesús” (Rom 3:25–26).
El perdón anunciado en Jeremías 31 encuentra su cumplimiento
en este “tiempo de la justicia manifestada”. Dios se muestra justo no porque
castigue (como en visiones penales tradicionales), sino porque cumple su
promesa. Cuando Pablo añade “en su paciencia” (en tē anochē tou Theou), evoca
el perfil constante del Dios bíblico “tardo para la ira y grande en
misericordia” (cf. Éx 34:6; Sal 86:15; 103:8; Jon 4:2): una longanimidad
histórica por la cual Dios “pasó por alto” los pecados pasados sin abdicar de su
fidelidad. Esta interpretación ofrece una alternativa a enfoques que reducen la
justicia a retribución, enfatizando su carácter relacional y redentor.
Así, la “justicia” es la ṣĕdāqâ del Dios fiel a la alianza,
una fidelidad que actúa de manera restauradora para reconciliar al mundo
consigo mismo. En consecuencia, estos versículos no se centran en la
propiciación técnica, sino en la revelación: Dios se muestra fiel, perdonador y
justo, porque en Cristo inaugura el nuevo pacto que Jeremías anunció.
Éxodo 24–25 presenta la sangre del pacto como el sello que
inaugura la alianza y pone en marcha el santuario: un ámbito de revelación y
encuentro. Jeremías 31 proyecta esa dinámica hacia un nuevo pacto
interiorizado, con perdón como fruto de la iniciativa divina. En Romanos
3:25–26, Pablo presenta en Cristo el cumplimiento de esta trama: Dios lo exhibe
como hilastērion, el lugar-persona del encuentro abierto por el Nuevo Pacto
inaugurado con su sangre. En Él, la justicia de Dios se manifiesta como fidelidad
salvadora: el pacto se cumple y el perdón se realiza, dones que se apropian
mediante la fe.
En esta porción aparece el Dios revelado: compasivo,
clemente, tardo para la ira y grande en misericordia, fiel al pacto (cf. Éx
34:6–7). La paciencia de Dios, descrita por Pablo, no es indiferencia, sino
expresión del carácter de Dios a través de la historia: la fidelidad que cumple
sus promesas, la misericordia que perdona y la rectitud que se manifiesta en
Cristo para reconciliar.
Conclusión
En Romanos 3:25, hilastērion no se entiende primordialmente
como un mecanismo de propiciación (como en lecturas tradicionales), sino como
el lugar-persona donde Dios se da a conocer y se encuentra con la humanidad.
Pablo traslada el kappóret de Éxodo 25 a Cristo exaltado: ya no un objeto
oculto tras el velo, sino el Hijo resucitado y entronizado, presentado
públicamente por Dios como el verdadero lugar de revelación. En este marco, “en
su sangre” designa el sello inaugural del Nuevo Pacto (Éx 24; Jer 31): no un
fin ritual penal, sino el acto que origina la relación definitiva de Dios con
su pueblo.
Así, “manifestar su justicia” nombra la fidelidad redentora
de Dios que cumple su promesa de perdón y renovación interior (Jer 31:31–34).
La justicia divina no se reduce a categorías forenses; es relacional y
redentora: Dios pasa por alto los pecados en su paciencia y acredita a su Hijo
mediante la resurrección, exhibiéndolo como hilastērion vivo, trono de gracia
accesible. El perdón brota del nuevo pacto y se recibe por la fe, conforme a la
verdad del Dios que guarda su alianza.
En síntesis, la sangre de Cristo inaugura el Nuevo Pacto y
fundamenta la exhibición pública del hilastērion verdadero: en Cristo, Dios
revela su justicia fiel, perdona, restaura y abre el acceso efectivo a su
presencia. Esta perspectiva no solo afina nuestra teología; tiene el potencial
de reorientar nuestra práctica cristiana. La vida de fe se entiende menos como
cumplir requisitos externos y más como cultivar una relación viva, dinámica y
personal en ese lugar de encuentro que es Cristo mismo —una relación animada y
sostenida por el Espíritu Santo. Esta mirada podría, incluso, transformar
nuestra adoración comunitaria: no solo un acto para recordar, sino un entrar
juntos, consciente y colectivo, a esa presencia revelada y accesible en Él.
Una lectura cuidadosa de Romanos 3:25, nutrida por Éxodo y
Jeremías, no solo nos instruye intelectualmente, sino que nos invita a vivir la
salvación como una participación real, gozosa y transformadora en la comunión
con el Dios fiel —inaugurada por el nuevo pacto en la sangre de Cristo y hecha
posible en su persona misma. Esto desplaza la soteriología más allá de lo penal
hacia la lógica del encuentro y la comunión: el Lugar de Encuentro es Cristo,
donde se oye la voz de Dios y la comunidad vive del perdón prometido y de la
ley escrita en el corazón, por medio del Espíritu Santo.

Comentarios
Publicar un comentario