Del Tabernáculo a la Cruz: La Obra Sacerdotal de Cristo y la Adoración Verdadera"
1) EL PAPEL CENTRAL DEL TABERNÁCULO Y LEVÍTICO PARA ENTENDER EL NUEVO TESTAMENTO
El punto de partida de la transcripción enfatiza que el estudio del Tabernáculo y del libro de Levítico resulta imprescindible para comprender de mejor manera el Nuevo Testamento. ¿Por qué? En la grabación, se menciona que con frecuencia se soslaya o se ignora lo crucial que son los rituales, la estructura del Tabernáculo y los sacrificios descritos en Levítico para entender las implicaciones de la obra de Cristo. El orador subraya que conocer estos detalles “es muy muy importante para comprender el Nuevo Testamento”, ya que lo que ahí sucede —especialmente en relación con el sacerdocio, la sangre, la expiación y la entrada en la presencia divina— sirve como una especie de “puente conceptual” hacia la explicación de Hebreos y otros pasajes del Nuevo Testamento.
Dentro de la transcripción, se hace referencia a la manera en que ciertas preguntas sencillas, como cuándo Jesús llega a ser Hijo de David, o cuándo el Cristo es constituido Sumo Sacerdote, cobran un sentido más profundo si se entiende primero el sistema de sacrificios y purificación establecido en el Antiguo Testamento. El Tabernáculo —con sus muebles, sus distintos espacios y su estructura de cortinas— no se menciona como un mero ritual antiguo, sino como una verdadera prefiguración de las realidades celestiales y de la obra de Cristo en favor del creyente.
El orador, en la transcripción, señala un esquema repetitivo: la persona que ofrecía un sacrificio para expiar su pecado necesitaba primero matar al animal fuera del altar. Luego, el sacerdote tomaba la sangre, la aplicaba en el sitio correcto (las esquinas o el contorno del altar de bronce, según el caso de la ofrenda). Hecho esto, se permitía ofrecer holocaustos o sacrificios de agradecimiento. Este proceso se convertía en un “puente” que llevaba a comprender la necesidad humana de purificación antes de poder adorar a Dios. En palabras de la transcripción: “El propósito de todo lo que pasa es la adoración… una vez que estás purificado, eres transformado en un adorador”.
Si no se entendiese el papel del Tabernáculo, de Levítico o del sistema sacrificial, resultaría confuso hablar de Jesús como Sumo Sacerdote o afirmar que Su sangre purifica. Ese lenguaje simbólico, tan arraigado en ritos de purificación y en la forma en que el sacerdote podía acercarse a la presencia de Dios, halla su plena explicación en Levítico y en los detalles del Tabernáculo. Por ejemplo, se dice en la transcripción que cuando se nos presenta a Cristo como Sumo Sacerdote, su función consiste en entrar al Lugar Santísimo (los cielos mismos) con Su sangre; pero este simbolismo carecería de sentido si uno desconoce que en el Día de la Expiación (en el texto del Antiguo Testamento) se llevaba la sangre hasta el Propiciatorio, una sola vez al año.
Además, la transcripción menciona que para un creyente o para un lector de las Escrituras, el Nuevo Testamento se vuelve más claro al comprender la tipología: hay muebles en el Tabernáculo (el altar de bronce, el de oro, el candelabro, la mesa, etc.), y cada uno ilustra un aspecto de la realidad celestial. Lo que “se ve” o se practica de forma terrenal en el Tabernáculo representa lo que “sucede” en otra dimensión cuando Cristo se presenta ante el Padre a favor de los creyentes. En la propia clase se hace hincapié en que estos rituales del Antiguo Testamento no son meras costumbres superadas, sino símbolos y sombras que apuntan a Cristo.
Otro punto que resalta la centralidad de Levítico y el Tabernáculo es la insistencia en la importancia de la sangre en la purificación. En la transcripción, el expositor insiste en que la purificación se hace aplicando la sangre en lugares concretos y que la muerte del animal no bastaba por sí sola. Para que el sacrificio “jat” fuera efectivo, la sangre debía llevarse y untarse donde correspondía, fuera en el altar de bronce para la persona común, en el altar de oro para el sacerdote, o en el Propiciatorio para el sumo sacerdote. Toda esa dinámica se pierde si se descuida el trasfondo levítico, y por ende, se pierde también el contexto para entender cómo actúa Jesús en Su rol sacerdotal: la resurrección y ascensión de Jesús se entienden como la “presentación de la sangre” en el lugar adecuado, es decir, en el cielo.
La transcripción hace notar, así, que solo desde una base en Levítico podemos responder preguntas que la comunidad cristiana se plantea constantemente. Por ejemplo, cuándo Cristo llegó a ser Sumo Sacerdote y por qué no lo era antes de Su resurrección. El libro de Hebreos lo explica, pero Hebreos mismo descansa en las imágenes y leyes descritas en Levítico y en la estructura del Tabernáculo. Este último provee la clave para saber que solo el Sumo Sacerdote podía entrar al Lugar Santísimo una vez al año y que ese “acto” litúrgico apuntaba, en última instancia, a la verdadera obra que haría Cristo en el cielo.
La consecuencia de todo esto, según se evidencia en la clase transcrita, es que el creyente adquiere una perspectiva más completa de la redención al estudiar el Tabernáculo y Levítico. No se trata de un estudio “meramente histórico” o “curioso”, sino de una herramienta pedagógica que Dios dejó para ilustrar de antemano el ministerio futuro de Su Hijo. Cuando se dice que “Cristo y el Tabernáculo es un manual de discipulado”, el orador se refiere a la idea de que uno puede formarse, crecer y comprender la obra de Dios de manera sistemática a partir de las imágenes y los pasos rituales allí establecidos.
En la transcripción se ejemplifica, además, cómo una persona común en tiempos de Levítico, para acercarse a la presencia de Dios, tenía que cumplir ciertos pasos, ofrecimientos y purificaciones. Esa estructura apunta a la verdad de que nadie puede, sin antes ser purificado, venir ante la santidad divina. Paralelamente, la teología neotestamentaria de Hebreos nos enseña que el creyente se acerca confiadamente al trono de la gracia porque Cristo ha entrado con Su sangre una vez y para siempre. Ambas ideas (la antigua y la nueva) se ensamblan gracias a la centralidad que Levítico y el Tabernáculo proveen.
Por tanto, en la transcripción se recurre a este argumento de manera repetitiva para mostrar que, si uno ignora cómo se aplicaba la sangre, de qué manera se purificaba el altar, o qué implicaba la figura del sumo sacerdote entrando una vez al año al Lugar Santísimo, será sumamente difícil entender las referencias a la purificación y a la obra de Cristo en el Nuevo Testamento. De ahí que el orador repetidamente exprese: “Es muy muy importante para comprender el Nuevo Testamento”, “hay que resaltar siempre” que Levítico y el Tabernáculo tienen un rol imprescindible en la formación teológica, y que las preguntas más básicas (por ejemplo, sobre la identidad de Jesús como descendiente de David o sobre cómo se presenta la sangre en el cielo) se explican, en última instancia, en la tipología del santuario y en las normas sacrificatorias.
En conclusión, este primer punto de la clase subraya que el Tabernáculo y Levítico no son meros datos históricos o una parte de la Ley antigua sin valor para el creyente de hoy; al contrario, se presentan como fundamentos para la comprensión del Nuevo Testamento, sobre todo para el entendimiento de la carta a los Hebreos y de las funciones de Cristo como Hijo de David y como Sumo Sacerdote. Esta centralidad del Tabernáculo y de las leyes de Levítico se convierte, pues, en la clave interpretativa para muchas de las expresiones y doctrinas centrales del cristianismo en la era del Nuevo Pacto.
2) JESÚS SE HACE “HIJO DE DAVID” AL ENCARNARSE
En la transcripción, el expositor plantea una pregunta central: “¿Cuándo Jesús llega a ser Hijo de David?”. Y acto seguido, ofrece la respuesta: no puede ser antes de encarnarse, porque antes de encarnarse era simplemente el Hijo de Dios eterno, sin una genealogía humana que lo ligara al linaje de David. En el momento en que Jesús nace de María, se vuelve descendiente de David en el sentido físico, cumpliendo así la promesa mesiánica vinculada al trono del Rey David.
Desarrollar este punto implica ahondar en la idea de que, según la transcripción, antes de tomar forma humana, el Hijo de Dios —el Verbo eterno— no tenía, naturalmente, una ascendencia terrenal. Por eso el expositor señala la pregunta hipotética: “¿Fue siempre Hijo de David, o llegó a serlo en cierto momento?”. La respuesta dada en la clase es que se hace Hijo de David cuando se encarna, porque ahí es cuando participa de la línea genealógica de David.
En la transcripción se cita, de manera implícita, pasajes donde “David llama Señor” al Mesías, puesto que, antes de la encarnación, el Hijo es preexistente, y David lo veía como su Señor (se hace alusión al salmo que reza: “Dijo el Señor a mi Señor”). Sin embargo, solo al nacer de la virgen María, el Mesías se convierte también en el descendiente de David. Es una distinción marcada: en su deidad y eternidad, Él existía antes de David; pero en su humanidad, toma esa posición de ser “Hijo de David”.
¿Por qué es relevante? Porque, según la lógica explicada en la transcripción, esto aclara la cuestión de que Jesús, en su plano divino, no era “menor” que David ni estaba “sujeto” a un linaje humano. Sin embargo, se “vuelve” un hombre al tomar carne y, entonces, sí cumple la profecía de ser “Hijo de David”. La clase subraya que no se puede confundir la naturaleza divina preexistente del Hijo con la genealogía terrenal del Mesías. Si no existiera la doctrina de la encarnación, no tendría sentido decir que Jesús “desciende” de David; por ende, la transcripción lo explica preguntando: “¿Cuándo, entonces, se vuelve Hijo de David? Cuando nace, porque antes era el Señor eterno, no un descendiente de carne”.
En la conversación transcrita, se ve que el expositor insiste en la necesidad de estas precisiones porque a menudo se hace una amalgama donde no se entiende la distinción temporal: “Él siempre ha sido Hijo de Dios, pero no siempre fue Hijo de David”. Justamente, para el orador, ahí radica una de las grandes enseñanzas que se clarifican al estudiar el Tabernáculo y, en general, la tipología de Cristo. El Mesías tiene un doble rol: por un lado, es el Eterno Hijo, sin principio ni fin; y por el otro, asume un linaje específico cuando “toma forma humana” en el vientre de María. En ese instante, cumple la promesa hecha a David de que uno de sus descendientes se sentaría en su trono.
Este tema conecta con el sentido global de la clase, que es relacionar la experiencia del Nuevo Testamento con la figura del Tabernáculo. Aunque no se profundiza demasiado en el punto de “Hijo de David” dentro del esquema del Tabernáculo, la razón de plantearlo ahí es para mostrar que hay hechos que ocurren en un orden particular: Jesús es Hijo de Dios eterno, se encarna y se hace Hijo de David, vive en la tierra, muere y, una vez resucitado, llega a ser constituido Sumo Sacerdote. Así como en la tipología del Tabernáculo hay momentos y roles distintos (persona común, sacerdote, sumo sacerdote), en la vida de Cristo también se aprecia una progresión desde su eternidad hasta su humanidad y, luego, hasta su exaltación como Sumo Sacerdote.
La importancia de este detalle, tal como se muestra en la transcripción, radica en la coherencia que existe entre las profecías del Antiguo Testamento y el cumplimiento de Cristo en el Nuevo. El instructor de la clase, al hablar de las preguntas fundamentales (“¿Cuándo llega a ser el Hijo de David? ¿Cuándo llega a ser el Sumo Sacerdote?”), quiere ilustrar cómo el estudio de los rituales de Levítico y del Tabernáculo nos conduce a hacernos preguntas temporales muy específicas sobre la obra de Cristo. A su vez, dichas preguntas se responden con claridad si uno establece las diferencias apropiadas. Por ejemplo, no se puede decir que Jesús era Sumo Sacerdote mientras caminaba por la Tierra, ni tampoco se puede decir que ya era Hijo de David cuando todavía no había nacido como hombre.
La transcripción no solo lo menciona, sino que recalca el error que a veces se comete al confundir los distintos aspectos: se pierde la distinción entre la preexistencia divina y la adopción de un linaje terreno. De hecho, parte de la motivación del expositor es que cada uno pueda hacerse preguntas precisas: “¿Era Hijo de David antes de nacer?”, la respuesta es un no rotundo, y, sin embargo, en la cristiandad popular, a veces no se matiza así. El expositor, al enseñar el Tabernáculo, subraya la importancia de ver cómo las fases del ministerio de Jesús encajan con esa “distribución” de roles que se daban entre el pueblo, los sacerdotes y el sumo sacerdote.
Otro elemento importante, aunque está más desarrollado para el tema sacerdotal, es que el orador enfatiza: “Él siempre fue Hijo de Dios, el Eterno”. Dicha frase resume la base de la cristología que se desprende de la clase. Por ende, entender la expresión “Hijo de David” requiere comprender la encarnación como un suceso histórico y teológico, un “momento en el tiempo” cuando el eterno Hijo pasa a encarnarse y, por consiguiente, a adquirir el linaje de David. La transcripción, si bien no ahonda en citas bíblicas concretas sobre la genealogía (porque el orador dice que no está citando extensamente), sí subraya que con solo este razonamiento se ilumina el misterio de la doble naturaleza de Cristo: es eterno y divino, pero también, llegado el momento, humano y descendiente de un linaje específico.
Hay un punto en el que la transcripción menciona, de forma breve, que David mismo en los Salmos llama “Señor” a este Mesías. Es el famoso pasaje en el que David escribe: “Dijo el Señor a mi Señor…”. De ahí se desprende la idea de que el Mesías siempre ha sido superior a David y, sin embargo, se vuelve su descendiente, creando esa aparente paradoja. El expositor alude a ello para enfatizar la diferencia entre la eternidad del Hijo y su incorporación en la historia humana.
Por último, la enseñanza destaca que esta distinción no es cuestión de mera teología abstracta, sino que tiene consecuencias prácticas para la compresión cristiana del ministerio de Jesús. No confundir la preexistencia con la descendencia humana ayuda a valorar la dimensión del “cumplimiento profético” y a sostener la verdad de que “Dios se hizo carne” precisamente en la línea davídica prometida.
En definitiva, la transcripción deja claro que Jesús se hace “Hijo de David” no en un sentido simbólico desde la eternidad, sino cuando “se Encarna en el vientre de María” y pasa así a ser heredero real de David. Esto responde la pregunta de si lo era antes de nacer, y la respuesta es un rotundo “no”. Responde también a la cuestión de si podría haber sido simplemente “Señor” desde siempre y, sin embargo, a la vez, “hijo” de un hombre anterior a Él en la historia. El orador subraya que lo uno no quita lo otro, pues son etapas de la revelación y de la obra que el Mesías realiza, guardando siempre la coherencia interna que ofrecen las tipologías y los símbolos del Antiguo Testamento, puntualmente, el Tabernáculo y sus leyes levíticas.
3) JESÚS SE CONSTITUYE SUMO SACERDOTE EN SU RESURRECCIÓN Y ASCENSIÓN
La transcripción de la clase bíblica dedica buena parte de su explicación a responder la pregunta: “¿Cuándo Jesús llega a ser Sumo Sacerdote?”. Y la respuesta que se repite es que es después de la muerte y resurrección de Jesús, cuando Él entra en la presencia celestial. El expositor enfatiza que no podemos hablar de Jesús como Sumo Sacerdote antes de ese momento. Describe, por ejemplo, que hay un paralelismo con el sumo sacerdote en el Tabernáculo, quien, una vez al año (el Día de la Expiación), llevaba la sangre hasta el Propiciatorio para purificar.
Ahora bien, en la clase se señala que el acto de “presentar la sangre” en el Tabernáculo no ocurre en el instante en que se degolla al animal, ni cuando se está fuera del campamento, sino cuando esa sangre se aplica en el lugar señalado: ya sea en el altar de bronce (para la purificación de las personas comunes), en el altar de oro (para los sacerdotes en general) o en el Propiciatorio (para el sumo sacerdote una vez al año). A partir de esa figura, el expositor hace la analogía con Cristo: la verdadera presentación del sacrificio de Cristo ocurre cuando, resucitado y con una vida indestructible, asciende al cielo y ejerce su rol de Sumo Sacerdote.
En la transcripción, se insiste en que Jesús “llega a ser” Sumo Sacerdote “cuando resucita” y entra a los cielos. Antes de ello, no oficiaba como tal, porque su función sacerdotal en el modelo divino se inicia al entrar victorioso tras haber vencido a la muerte. Es decir, si seguimos el orden explicado: (1) el animal se degolla fuera del altar, (2) se lleva la sangre adonde corresponde para presentarla, (3) finalmente, el sumo sacerdote aplica la sangre en el Propiciatorio. Traduciendo estos pasos a la experiencia de Jesús: (1) Él muere fuera de la puerta (como se menciona en la transcripción, apoyándose en Hebreos 13:11-13), (2) Resucita y (3) asciende al cielo, presentándose como el Sumo Sacerdote en el verdadero Lugar Santísimo celestial.
Dentro de la clase, el expositor enfatiza que el concepto de sacerdote pertenece estrictamente a la esfera “dentro del Tabernáculo” (lo que se relaciona con el cielo), y que la muerte en la cruz es algo que ocurre “fuera del campamento”. Esa aclaración es fundamental: el orador repite que no hay que confundir el altar de bronce con la cruz, porque la transcripción de Hebreos indica que el sufrimiento de Jesús y su muerte suceden fuera de la puerta, al igual que los cuerpos de los animales sacrificados por el pecado eran quemados fuera del campamento. Por ende, el orador concluye que la cruz corresponde al acto de la “quema del cuerpo” y no a la función sacerdotal que se ejercía dentro del santuario. Sería solo al presentar “la sangre” —es decir, la vida resucitada y triunfante de Cristo— cuando se formaliza o se ejerce ese sacerdocio perfecto.
Una y otra vez, la transcripción señala: “Cuando Él entró, fue hecho sumo sacerdote”; no antes. Y se explica también que la propia estructura del Tabernáculo (lugar santo, lugar santísimo, etc.) es una sombra de realidades espirituales. Cristo no podría oficiar como Sumo Sacerdote mientras se encontraba mortal sobre la tierra, tal y como el sumo sacerdote de la ley solo ejercía su entrada al Lugar Santísimo en un momento y circunstancia muy concretos. Aunado a esto, la transcripción menciona que hay un vínculo intrínseco entre la resurrección y la vida indestructible de Jesús: la sangre que se presenta en el cielo no es un líquido que Jesús “lleva” físicamente, sino la realidad de Su vida eterna, la cual atestigua el sacrificio consumado.
La idea de la vida indestructible se repite en la transcripción, dando a entender que Cristo vive para siempre y, en virtud de ello, puede interceder sin cesar por los suyos. Esa capacidad de intercesión permanente define Su rol como Sumo Sacerdote. En la figura del Antiguo Testamento, el sumo sacerdote entraba al Lugar Santísimo “una vez al año”. En la obra de Cristo, Él lo hace “una sola vez y para siempre”. De ahí que, en la transcripción, se recalque que no es necesario repetir Su sacrificio; la presentación en los cielos es un acto eterno y definitivo.
Otra faceta de este tercer punto es la relevancia de la distinción de oficios. El orador expone que, según Levítico, la persona común derramaba sangre en un lugar, el sacerdote ungido en otro (el altar de oro), y el sumo sacerdote —únicamente él— podía llegar hasta el Propiciatorio. Esto ejemplifica que no todos podían acceder al lugar santísimo. La diferencia, en la tipología, radica en que Cristo no es un sacerdote más, sino el Sumo Sacerdote que tras su victoria pascual ingresa al trono celestial. De esta manera se resalta que el rol de Cristo, con respecto a la salvación, no se agota en la muerte expiatoria en la cruz, sino que también abarca la presentación de Su propia persona glorificada ante el Padre.
La transcripción hace énfasis en la necesidad de comprender este proceso sin confundir temporalidades. Cuando se habla de su muerte, se habla de “fuera del campamento”; cuando se habla de su presentación sacerdotal, se habla de “entrar al lugar santísimo”, que corresponde a una dimensión celestial. De hecho, el expositor lo define casi como si “la cruz no fuera parte del Tabernáculo”, sino un evento fuera de ese marco, mientras que el sacerdocio de Cristo sí corresponde a la actividad interna del Tabernáculo, solo que transpuesto al ámbito real del cielo. En términos de tipología, la clase enfatiza que la cruz sería equivalente a la quema de los restos del animal, y que la verdadera “aplicación de sangre” sucede en otro momento, que corresponde a la ascensión y exaltación de Cristo.
Es también muy ilustrativo que, en la transcripción, se aclare que para presentar una ofrenda de acción de gracias o de holocausto primero se necesitaba la purificación del altar. Para el pecador común, esto se hacía en el altar de bronce; para el sacerdote, en el de oro; y para el sumo sacerdote, en el Propiciatorio. Cristo, al actuar como Sumo Sacerdote, logra purificar de manera definitiva el acceso a la comunión con Dios, no solamente para Sí mismo, sino para todos los que se acercan a Él. Por ello, la carta a los Hebreos, según se comenta indirectamente, diría que “podemos entrar confiadamente al trono de la gracia”. Ese “trono de la gracia” era el trono celeste prefigurado en la tapa del arca, donde se rociaba la sangre.
En la transcripción, un concepto clave que se menciona repetidamente es que la sangre rociada representa a Cristo resucitado, no meramente el derramamiento de Su vida física. Se insiste en que el sacrificio no se considera presentado en el momento de la muerte del animal, sino cuando se aplica la sangre. Paralelo a ello, Cristo no se considera Sumo Sacerdote en la cruz, sino al ascender y llevar esa vida indestructible ante el Padre. De esta manera, el expositor propone una clara distinción que normalmente no se explica en algunas enseñanzas. Aclara, por ejemplo, que “cuando Jesús muere, aún no está ejerciendo su sacerdocio; lo comienza cuando entra a los cielos resucitado”.
Además, la transcripción apunta que la clave para ver que la muerte del animal no era el acto final, sino el primero, se halla en Levítico: el animal se mata en un lado, la sangre se lleva a su debido lugar y luego el resto del cuerpo se quema fuera del campamento. Siguiendo esa secuencia, el expositor enfatiza que Jesús muere fuera de la puerta y, al resucitar, ofrece Su “sangre” (que simboliza Su vida eterna) en el santuario celestial. Por ende, es correcto decir que “llega a ser Sumo Sacerdote” en ese momento, ya que antes no había podido presentar la ofrenda con su vida eterna (pues no había sucedido la resurrección todavía).
En definitiva, este tercer punto en la clase arroja luz sobre la pregunta “¿Cuándo Jesús se hace Sumo Sacerdote?” respondiendo que la base bíblica, tipológica y lógica es que ello ocurre cuando entra victorioso a la presencia de Dios tras Su victoria sobre la muerte. Por eso, Hebreos resalta que Él vive para siempre y, por ende, su sacerdocio no es temporal como el de los sacerdotes levíticos que morían y eran reemplazados. Esta enseñanza, recalca el expositor, solo cobra sentido cuando uno entiende el ritual de Levítico donde el sumo sacerdote accedía al lugar santísimo con sangre. Sin ese marco, se confundiría la muerte de Cristo en la cruz con la actividad sacerdotal, cuando la transcripción deja muy claro que en el orden simbólico y teológico, la cruz está “fuera” y el ministerio sacerdotal sucede “dentro”, reflejando la dimensión celestial.
4) LA SANGRE DEL SACRIFICIO SE “PRESENTA” AL APLICARSE EN EL LUGAR DESIGNADO
El cuarto punto destacado aborda de manera más puntual la temática de la sangre y su significado dentro del sistema sacrificial. En la transcripción, se hace mucha insistencia en la distinción entre el momento de la muerte del animal y el momento de la presentación del sacrificio. El orador subraya que no se consideraba que el sacrificio se hubiera “presentado” simple y llanamente en el momento en que el animal era degollado, sino cuando la sangre se llevaba y se aplicaba sobre las esquinas del altar (o en el caso del sumo sacerdote, sobre el Propiciatorio).
Para entender por qué esto es importante, la transcripción pinta el cuadro de cómo el pueblo de Israel debía proceder: la persona que quería expiar su pecado presentaba un animal —digamos, una cordera o una cabra si era una persona común—; el sacerdote degollaba al animal “al costado del altar” (no encima del altar), y recogía la sangre en un recipiente. Luego, esa sangre era untada en los lugares precisos que Dios había designado, lo que permitía la purificación del lugar. Una vez purificado el altar, la persona podía ya sea presentar un holocausto o una ofrenda de acción de gracias.
El expositor, en la transcripción, relaciona esto con la obra de Cristo. La muerte de Jesús ocurre, de modo tipológico, fuera del campamento. Sin embargo, el verdadero “acto de presentar” el sacrificio ocurre cuando la sangre, que significa la vida victoriosa del Mesías, es llevada “dentro”, esto es, al lugar santísimo en el cielo. De ahí la importancia de aclarar que no basta con saber que Jesús murió, sino que el acto salvífico se consuma cuando se “aplica” la sangre, es decir, cuando el mismo Cristo, resucitado y con Su vida indestructible, ingresa a la presencia divina. Esa presentación es la verdadera consumación del sacrificio.
La transcripción ahonda en esta explicación, apuntando a la tipología que para la persona común existía un lugar de encuentro (el altar de bronce), para el sacerdote ungido, otro lugar (el altar de oro), y para el sumo sacerdote, el Propiciatorio. En cada caso, la sangre tenía que ser aplicada “donde correspondiera”. Por ejemplo, si uno era un simple creyente de la época (una “persona común”), se usaba un cierto tipo de animal y la sangre se aplicaba en el altar de bronce. En cambio, cuando el sumo sacerdote presentaba el sacrificio en el Día de la Expiación, esa sangre se aplicaba en el Propiciatorio, que era la tapa del arca en el Lugar Santísimo. De manera análoga, Jesús, como Sumo Sacerdote, no se queda en el “altar de bronce” (que representaría un lugar más externo), sino que entra a lo más profundo —a la misma presencia divina— con su sangre. Ese acto final de la aplicación es la presentación definitiva del sacrificio.
El expositor, a su vez, insiste en que la sangre rociada simboliza la vida de Cristo, no el líquido que se vertió en la cruz. Señala que no hemos de imaginarnos a Jesús “llevando un frasquito con sangre”; más bien, la sangre representa su existencia glorificada, su victoria sobre la muerte. En la transcripción, se observa la frase “es la vida indestructible de Cristo la que purifica todo”. Entonces, la relación entre la muerte en la cruz y la acción sacerdotal no es lineal en cuanto a tiempo físico, sino en cuanto a significado teológico: el sacrificio no se considera plenamente “presentado” hasta que la sangre es empleada en el lugar apropiado.
Esta distinción es crucial porque, según la clase, muchas interpretaciones simplifican la teología de la expiación pensando que todo se cumplió en el mismo instante de la muerte en la cruz. Pero la transcripción reitera que, desde la perspectiva levítica, la muerte del animal era el inicio del proceso. Faltaba la presentación de la sangre para que la expiación surtiera efecto. Y, por tanto, siguiendo la lógica tipológica, la victoria completa de Cristo incluye su resurrección y ascensión como parte inseparable de la obra de salvación. Aun cuando la muerte de Jesús es fundamental, la transcripción destaca que, sin la resurrección y la ascensión —es decir, sin la “presentación de su vida”—, la purificación no se habría completado.
Además, en la clase se hace hincapié en que la purificación no se dirigía tanto a la persona, sino al lugar de encuentro. Esa es otra idea que la transcripción subraya: cuando la sangre se aplicaba, se purificaba el altar, de modo que este quedara limpio y disponible para recibir la ofrenda posterior (holocausto o sacrificio de acción de gracias). De la misma manera, la sangre de Cristo purifica el “lugar” (espiritualmente hablando) donde ocurrirá la comunión con Dios. Por supuesto, detrás de eso está nuestra propia limpieza, pero la lógica levítica expresa que primero se limpia lo que Dios ha designado como medio de acercamiento, para que el adorador pueda presentarse. Por eso el expositor compara el altar con un vaso que hay que limpiar antes de verter algo dentro.
Es interesante notar cómo la transcripción describe el flujo del ritual con gran detalle, precisamente para mostrar que la “presentación” del sacrificio y la “aplicación de la sangre” era un acto posterior a la muerte del animal. Y luego, se conecta con la enseñanza cristológica: “¿Cuándo Jesús presenta el sacrificio? ¿En la cruz o en los cielos?”. La respuesta categórica que da la transcripción es “en los cielos”, haciendo la analogía con el acto de rociar o aplicar la sangre en el altar o en el Propiciatorio.
Algunos oyentes podrían preguntar: “¿Entonces no vale la muerte de Cristo?”. Sí vale, pero no es el evento final sino la causa que permite que la sangre sea llevada al lugar indicado. La muerte del animal era imprescindible, pero no se completaba el ritual sin la posterior aplicación de la sangre. Del mismo modo, la muerte de Jesús es imprescindible, pero Su sacerdocio en la ascensión, presentado en Hebreos, es la culminación. Todo ese proceso es el que, como dice la transcripción, “nos hace adoradores”. Primero nos purifica, luego nos habilita para la adoración y la acción de gracias ante Dios.
Finalmente, en la transcripción se insiste también en la idea de que la sangre da testimonio de la vida del Mesías ya resucitado, y no de un simple elemento biológico. El expositor se distancia de la visión que algunos tienen de que la sangre literalmente se transportó de la cruz al cielo. La transcripción lo recalca cuando se hace la pregunta: “Cristo… ¿llevó un frasquito de sangre literal?”. La respuesta que se sugiere es no, que se trata de una figura que alude a la vida inmortal y poderosa de Cristo, la cual se “presenta” delante de Dios en el santuario celestial.
En conclusión, este cuarto punto profundiza en la comprensión de que la sangre del sacrificio adquiere su eficacia expiatoria cuando se aplica en el sitio estipulado por Dios. La transcripción lo define con toda claridad: “La presentación del sacrificio ocurre no en la muerte, sino en la unción de la sangre”. Entender esto, según el expositor, es clave para comprender la teología de Hebreos y, por extensión, la totalidad de la enseñanza del Nuevo Testamento acerca de la mediación sacerdotal de Jesucristo.
5) LA CRUZ OCURRE “FUERA DEL CAMPAMENTO” Y NO EN EL “ALTAR DE BRONCE”
Este quinto punto surge directamente de la lectura de Hebreos 13:11-13, que se cita en la transcripción para aclarar la ubicación simbólica de la cruz. Ahí se subraya: “Por lo cual también Jesús, para santificar al pueblo mediante su propia sangre, padeció fuera de la puerta”. El expositor conecta esta idea con la práctica en Levítico de quemar los restos del sacrificio por el pecado “fuera del campamento”. En otras palabras, la transcripción nos dice que la cruz se asemeja más a la quema final del cuerpo del animal —que ocurría lejos del santuario— que a la aplicación de la sangre en el altar.
En la enseñanza tradicional se oye con frecuencia que la cruz es el “altar” donde murió Jesús. Sin embargo, la transcripción señala que esto se debe a una simplificación o confusión, ya que cuando se estudiaba el Tabernáculo, algunos definían al altar de bronce como el “lugar de sacrificio”. El orador cuestiona esa definición, explicando que, en realidad, la muerte del animal tenía lugar a un costado del altar de bronce, y posteriormente, la sangre se aplicaba en las esquinas o la base del mismo. Por consiguiente, el altar de bronce no es sinónimo de la cruz, porque la Escritura en Hebreos aclara que Jesús murió “fuera”.
Este punto es esencial para entender que lo que sucede “dentro” del Tabernáculo simboliza acontecimientos celestiales. En cambio, la muerte física de Cristo es vista, tipológicamente, como el cumplimiento de la quema del sacrificio por el pecado “fuera del campamento”. El expositor presenta esto como la secuencia: (1) Se mata al animal, (2) se lleva la sangre adonde corresponde, y (3) se queman los restos fuera del campamento. De manera similar, (1) Jesús muere fuera de la puerta (la cruz, fuera de los muros de Jerusalén), (2) Su sangre es “presentada” en los cielos, y (3) la expiación se consuma allí con Su sacerdocio.
¿Por qué es tan importante resaltar “fuera del campamento” según la transcripción? Porque esto ayuda a no confundir la cruz —que es un acontecimiento histórico, terrenal, visible— con la liturgia celestial que se refleja en el Tabernáculo (el altar de bronce, el lugar santo, el lugar santísimo, etc.). El orador advierte que “Cuando ustedes escuchen a un predicador decir que la cruz es el altar de bronce, muéstrenle Hebreos 13:11-13”, porque el pasaje dice claramente que los cuerpos de los animales se queman fuera y que Jesús, de la misma manera, padeció “fuera de la puerta”. Esto coincide con la práctica del sacrificio “jat” (por el pecado) en ciertos casos, donde el cuerpo del animal se sacaba fuera del campamento para quemarlo.
La transcripción insiste en la relevancia de esta diferenciación para entender cómo todo el proceso de Cristo no puede “encajarse” en un único mueble o acto dentro del Tabernáculo. Si bien el altar de bronce es parte esencial del ritual, no puede decirse que la cruz sea el altar de bronce porque, en la tipología, la cruz se correlaciona más con la quema exterior del animal. Por ende, la transcripción corrige lo que el expositor mismo confiesa haber enseñado alguna vez erróneamente: “anteriormente, yo también predicaba que el altar de bronce era la cruz, pero cuando uno examina Hebreos 13, se da cuenta de que la cruz está fuera del campamento”.
Ese énfasis afecta la manera en que se interpreta el papel de la sangre y del sacerdocio de Cristo. Porque si uno ubica la cruz “dentro” del Tabernáculo, se produce la impresión de que la muerte y la presentación del sacrificio ocurren en el mismo sitio y momento. En cambio, si uno la coloca “fuera”, se clarifica que la muerte es un paso previo y distinto al acto de sacerdocio que se efectúa “dentro” (en el verdadero santuario celeste). Según la transcripción, esa distinción abona a la comprensión de que el sacerdocio empieza con la resurrección, no con la muerte en la cruz.
La clase menciona también que la cruz, a la luz de la tipología, queda representada en el momento en que se consumía el cuerpo del animal fuera del campamento. Como se ha dicho, en el sacrificio por el pecado, primero se tomaba la sangre y se la aplicaba para purificar el altar o el lugar donde fuera preciso. Luego, el resto del animal —sus pieles, carne, etc.— se quemaba fuera del campamento. Esto nos enseña, dice el expositor, que hay un orden que Levítico prescribe y que se ve reflejado perfectamente en los eventos de la pasión, muerte y resurrección de Jesús.
La transcripción enfatiza que esta enseñanza, una vez comprendida, facilita que el creyente identifique dónde se ubican los distintos elementos de la liturgia del Tabernáculo en la narración de la pasión. “Fuera del campamento” es la muerte, “dentro” es la presentación sacerdotal. No se trata de forzar una equivalencia literal entre un elemento u otro, sino de reconocer cómo Levítico brinda un patrón para entender la obra salvífica. El expositor dice que, en la clase, algunos se sorprenden al enterarse de que “el altar de bronce no es el lugar donde se mataba al animal”, sino donde se aplicaba la sangre y, posteriormente, se ofrecían sacrificios de holocausto o de acción de gracias, ya con el altar purificado.
Otro aspecto que se menciona en la transcripción es la diferencia entre la ofrenda de expiación (sacrificio “jat”) y la ofrenda de adoración o acción de gracias. El primero, para purificar el altar, se vinculaba a la sangre y su derramamiento y, a menudo, a la quema del cuerpo fuera del campamento. El segundo, en cambio, era para la comunión, la celebración con Dios, el sacerdote y la familia del ofrendante. Cuando se mezcla todo en un solo acto dentro del Tabernáculo, es fácil cometer errores de interpretación que luego se reflejan en la manera de entender la cruz. De ahí que se explique tan detalladamente la aplicación de la sangre en ciertos lugares y la quema del resto en otro.
En suma, la transcripción desarrolla este punto para que el oyente comprenda por qué se repite una y otra vez: “La cruz está fuera, no es el altar de bronce”. Más bien, se asemeja a la quema de los restos del animal en el sacrificio por el pecado. El altar de bronce, junto con el altar de oro y el Propiciatorio, representa más bien realidades celestiales donde se lleva a cabo el acto de purificación y la acción de gracias o adoración, desde la perspectiva de la tipología.
Este quinto punto, por tanto, no es meramente un detalle geográfico; es un esclarecimiento vital de la teología sacrificial explicada en Hebreos. El pasaje citado, Hebreos 13:11-13, es la piedra angular en la que el expositor se apoya para recalcar que debemos “salir al encuentro de Cristo fuera del campamento, llevando su vituperio”, porque allí sufrió Él por nosotros. Mientras que todo lo que sucede “dentro” del Tabernáculo corresponde a la dimensión celestial de su sacerdocio posterior.
En definitiva, la transcripción defiende que la muerte de Cristo y su lugar “fuera de la puerta” es intencionalmente paralelo a la disposición levítica de quemar el sacrificio por el pecado fuera del campamento. Así, la enseñanza convence de que la cruz no corresponde al altar de bronce, sino a ese otro aspecto del ritual sacrificial que se realizaba fuera. Y al subrayar esto, se aclara la manera en que Jesús efectúa todo el proceso de la redención: primero Su muerte fuera, después Su presentación sacerdotal dentro del santuario celestial.
6) LA FINALIDAD DE LA PURIFICACIÓN ES LA ADORACIÓN
En la transcripción, se afirma de forma enfática que “el propósito de todo lo que pasa es la adoración”. Esta afirmación alude a la secuencia descrita en la ley de sacrificios: primero la persona tenía que ofrecer un sacrificio de expiación o “jat” para purificar el altar (y por extensión, su propia relación con Dios). Una vez purificado ese altar, podía entonces ofrecer sacrificios de holocausto y de acción de gracias, que se traducían en actos de adoración y comunión.
La lógica expuesta en la clase sugiere que no se trataba de un simple ritual mecánico, sino de un proceso en el que la purificación era el paso previo para permitir la aproximación reverente del adorador a la presencia divina. Por ende, no se buscaba simplemente el perdón en abstracto, sino que se quería llegar a la plena comunión con Dios. De ahí que la transcripción contenga ejemplos como: “Ahora que el altar está limpio, tú puedes presentar un sacrificio de acción de gracias, un holocausto, etc.”.
En la misma línea, se subraya que uno de los objetivos centrales de la obra de Cristo no se limita a “limpiar el pecado” del ser humano, sino que esta limpieza ocurre para hacernos verdaderos adoradores. La clase sostiene que ese es el “propósito final” y recurre a la imagen del Tabernáculo: la sangre aplicada en el altar de bronce permitía que el pueblo se acercara para ofrecer holocaustos o “ofrendas de paz” que implicaban compartir alimentos con el sacerdote y con la familia, en lo que simbólicamente era un banquete ante el Señor. Una vez más, la transcripción lo expresa diciendo: “El propósito de todo esto es que adoremos al que está sentado en el trono”.
Se menciona también el sacrificio diario de la mañana y de la tarde, el “holocausto continuo”, como un símbolo de la adoración incesante que se rendía a Dios. Este acto apuntaría a la figura de Cristo como el Cordero de Dios al que adoramos constantemente. La transcripción relaciona ese “holocausto continuo” con la idea de la alabanza y la devoción que nunca cesan. Y vuelve a recalcar que, para participar de ese momento de adoración, antes hay que haberse purificado por medio del sacrificio de expiación.
El expositor, en la transcripción, defiende que no entenderíamos esta dinámica de adoración si no comprendemos primero la razón de la purificación. A lo largo de la clase, se enfatiza repetidamente que el altar no era el lugar para matar el animal, sino para presentar la ofrenda y quemarla como “olor grato” a Dios. Por lo tanto, la purificación del altar garantiza que la ofrenda posterior de alabanza o gratitud sea aceptable. Trasladado a la enseñanza cristiana, implica que Jesús limpia el “lugar de encuentro” entre Dios y el hombre, para que nosotros podamos venir y rendir el culto debido.
Cabe destacar que la transcripción destaca la importancia de la secuencia. Si alguien llegaba al Tabernáculo con buenas intenciones de presentar un holocausto voluntario, pero tenía pendientes pecados o contaminación, primero debía resolver eso a través del sacrificio “jat”. De igual manera, en la vida espiritual, el creyente no puede rendir adoración genuina sin previamente resolver su estado delante de Dios, que es posible gracias a la obra de Cristo. Así, una vez que se comprende cómo el proceso se llevaba a cabo en Levítico, se entiende la lógica de la redención: Dios provee el medio para purificarnos, y el fin es la restauración de la comunión y la adoración.
El orador también menciona que la ofrenda de acción de gracias conllevaba una comida compartida: el hijo pródigo y su padre se sientan a la mesa tras la reconciliación. Esto ilustra la dimensión relacional de la adoración, pues ya no hay barrera entre la persona y Dios. La transcripción hace un paralelo con la idea de que, una vez que Cristo ha efectuado la purificación, la mesa está servida para el banquete espiritual en el que el creyente participa. “La persona se sienta con Dios, con el sacerdote, con la familia”, dice el orador en relación a la práctica del Antiguo Testamento.
Otro rasgo que se menciona es que la clase reitera que no es la purificación un fin en sí mismo, sino un medio para la adoración y la comunión. Es decir, Dios no instituyó los sacrificios de expiación simplemente para mantener un ritual de culpa y limpieza repetitivo, sino con la finalidad de establecer un espacio (el Tabernáculo) en el que su pueblo pudiera acercarse y honrarle con ofrendas de alabanza y de comunión. En términos de la teología cristiana, esto es exactamente lo que Cristo logra: Él quita el obstáculo del pecado y nos hace partícipes del culto verdadero, permitiéndonos adorar en “espíritu y verdad”.
Si se examina detenidamente la transcripción, se notará que el orador menciona a menudo la figura del holocausto continuo de la mañana y la tarde, haciendo un paralelo con la adoración incesante que, en la doctrina cristiana, se dirige al Cordero de Dios (Cristo) de día y de noche. El expositor llega a decir: “¿Quién es el Cordero de Dios? Cristo. ¿Por qué podemos adorar al Cordero? Porque hemos sido limpiados por Su sangre”. Con eso, resume de manera sintética la relación entre la expiación y la adoración.
Asimismo, la clase insiste en que, sin la purificación, la ofrenda de holocausto “no sería aceptada”. Lo cual demuestra que había un orden que debía seguirse. Primero la expiación, luego el culto de adoración o acción de gracias. Esto, según la transcripción, encaja a la perfección con lo que enseña el Nuevo Testamento acerca del sacrificio de Cristo. El orador se sirve de este hecho para ilustrar que la Iglesia, en su liturgia y su experiencia cotidiana, reproduce en esencia esta secuencia espiritual: reconocemos nuestro pecado, lo llevamos a Cristo, somos limpiados, y entramos con libertad al culto y la alabanza.
Finalmente, la clase concluye que la meta no es el pecado, ni la culpa, ni siquiera la purificación en sí, sino la relación gozosa con Dios. Como dice la transcripción, “Él te limpia para que puedas presentar tu sacrificio de gratitud… para que podamos adorar a Aquel que está sentado en el trono”. Es una visión global del plan divino: reconducir al hombre hacia la adoración y la comunión perdidas a causa del pecado. Por ello, la purificación no es sino la puerta de entrada a la experiencia central: adorar a Dios.
En resumen, este sexto punto remarca la enseñanza de que la purificación, tan detallada en los rituales de Levítico, tiene como fin supremo la adoración. Entender cómo sucedía en el Tabernáculo aclara la motivación del Nuevo Testamento para presentar a Jesús como el mediador que, de una vez por todas, purifica el acceso a Dios. Con este trasfondo, el cristiano ve que su llamado no es únicamente “ser perdonado”, sino “adorar”. Y en palabras de la transcripción, se ve con mayor nitidez que todo el sistema sacrificial conducía a ese momento de comunión y alabanza, algo que hoy se materializa en la vida de quienes se acercan al Padre por medio del Hijo.
7) ALTAR DE BRONCE, ALTAR DE ORO Y PROPICIATORIO APUNTAN A LA GRACIA DEL DIOS TRINO
El séptimo punto destaca la relación entre tres muebles fundamentales donde se aplicaba la sangre en el Tabernáculo: el altar de bronce, el altar de oro y el propiciatorio (la tapa del arca en el Lugar Santísimo). La transcripción explica cómo cada uno de estos lugares correspondía a distintas funciones, dependiendo de si se trataba de una persona común, un sacerdote o el sumo sacerdote, y cómo, en conjunto, esos tres muebles forman una sola realidad de “encuentro con la gracia de Dios”.
Según la clase, el altar de bronce, el de oro y el propiciatorio “forman uno solo”. Esto implica que aunque son muebles diferentes, están unidos en el propósito de la expiación y de la comunión con Dios. La transcripción indica que, en cierto sentido, el altar de bronce se encuentra en el patio exterior, el altar de oro dentro del Lugar Santo, y el propiciatorio en el Lugar Santísimo. Sin embargo, espiritualmente, representan un continuum que prefigura, según la enseñanza del expositor, la obra del Dios Trino: “este altar de bronce habla del Hijo, el altar de oro habla del Espíritu Santo y el propiciatorio habla del Padre”, dice en un pasaje.
De este modo, cada uno de los tres “sitios” donde se rociaba sangre en el Tabernáculo nos muestra un aspecto de la gracia divina, y la transcripción sugiere que así como el Hijo (Cristo) se encarga de la redención inicial, el Espíritu Santo lleva al creyente a la adoración y, finalmente, el Padre recibe esa adoración en el lugar más interno, el Lugar Santísimo. Es una forma de entender que el acto de purificación y comunión con Dios involucra la acción de toda la Trinidad. El expositor lo expresa de manera sucinta y simbólica; no obstante, advierte que estas correspondencias no deben verse como algo arbitrario, sino como reflejo de que todo el Tabernáculo señala realidades celestiales donde el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo obran en unidad.
En la transcripción se hace hincapié en que el altar de bronce (lo primero que uno encuentra al entrar al atrio) está ligado al sacrificio por el pecado de la “persona común”, mientras que el altar de oro (situado en el Lugar Santo) atañe a la ofrenda expiatoria cuando el que peca es el sacerdote. De la misma manera, el propiciatorio, en el Lugar Santísimo, es donde el sumo sacerdote aplicaba la sangre una vez al año en el Día de la Expiación. Este orden creciente (del patio exterior al Lugar Santísimo) revela la gradación de acceso a Dios que solamente culmina en la entrada del sumo sacerdote al propiciatorio.
Si trasladamos esa tipología a la vida cristiana según la transcripción, vemos cómo existe un progresivo acercamiento a la santidad divina, que se consuma en la presencia misma de Dios (el Padre), representada por el propiciatorio. El orador reitera que solo el sumo sacerdote podía tener acceso pleno, y en Cristo, que es el Sumo Sacerdote perfecto, todos los creyentes pasan a tenerlo. La reflexión que se hace es que, si uno piensa únicamente en el altar de bronce y equipara eso con toda la obra de Cristo, se pierde la progresión y la totalidad que vincula los tres muebles como un solo plan de Dios.
Es así como el expositor concluye que cada uno de los tres lugares donde se derramaba sangre no puede entenderse por separado, sino como parte de un mismo diseño. El oír que “los tres forman uno solo” y que “hablan del Dios Trino” es una manera de expresar que en la redención, cada persona de la Deidad interviene: el Hijo se entrega en sacrificio, el Espíritu Santo santifica y el Padre recibe la adoración y reconoce la obra perfecta del Hijo. Aunque el expositor no abunda en explicaciones detalladas acerca de cómo exactamente el altar de oro representa al Espíritu Santo, sí subraya que la participación de la Trinidad en la salvación se deja ver en la estructura global del Tabernáculo.
La transcripción también destaca que uno de los problemas de mezclar la cruz con el altar de bronce era confundir el orden y no ver que hay una dinámica integral en el Tabernáculo. Por un lado, la clase insiste en que la cruz está fuera del campamento, y, por otro, que el altar de bronce, el de oro y el propiciatorio son lugares “celestiales” (en la tipología) donde el sacerdote actúa. Por ende, estos tres muebles, en última instancia, simbolizan la gracia de Dios manifestada en la esfera celestial, mientras la cruz representa el acto redentor histórico “en la tierra”. Juntándolo todo, la transcripción concluye que se puede decir que ahí está la Trinidad actuando: “El Hijo (altar de bronce), el Espíritu (altar de oro) y el Padre (propiciatorio)”.
Por supuesto, el expositor no ignora que en la práctica levítica literal, cada mueble cumplía una función concreta y diaria, pero enfatiza que “cuando se habla del sacerdote actuando dentro de estos límites, estamos hablando de algo que ocurre en los cielos”. La clase intenta así mostrarnos que, al estudiar la estructura del Tabernáculo y las funciones de cada mueble, es como si tuviésemos ventanas que apuntan a distintas fases de la acción divina en la salvación. Cada uno se complementa con los otros y, en conjunto, retratan la unidad del plan redentor.
Otro detalle relevante que la transcripción resalta es el hecho de que, aunque el altar de bronce y el altar de oro son lugares de aplicación de sangre en ciertos casos, el propiciatorio es el lugar más sagrado, reservado para la acción exclusiva del sumo sacerdote. Ello encaja con la enseñanza de que la comunión plena con el Padre en el Lugar Santísimo era algo inaccesible a la gente común bajo la ley, pero que en Cristo se vuelve accesible para todos. Sin la comprensión de los tres muebles y sus diferencias, sería fácil perder la noción de este privilegio asombroso que se inaugura con el sacerdocio de Cristo.
Al final de la clase, se menciona que “el propósito de todo lo que está pasando aquí es llevarnos a la adoración”. En la unión de esos tres altares o espacios de aplicación de la sangre se ve desplegada toda la gracia divina, desde la provisión para la expiación de pecados (en el altar de bronce), hasta la continuidad en el ministerio de Cristo (en el altar de oro) y el acceso directo al Padre (en el propiciatorio). Esto, según la transcripción, es un cuadro completo de cómo el Dios Trino interviene para redimir y acoger a los suyos en comunión perfecta.
Por último, este punto sella la idea de que “cuando pensamos en el Tabernáculo, no debemos quedarnos solo con un mueble o un sacrificio”, sino comprender la totalidad. El expositor, en la clase, pone mucho empeño en que cada detalle del Tabernáculo es parte de un mapa profético que se cumple en Jesús y Su sacerdocio. Que sean tres muebles en los que se aplica la sangre (y que, a su vez, formen una unidad) no es una coincidencia fortuita, sino una ilustración de la realidad de la gracia divina que abarca todas las dimensiones: la iniciación en la relación con Dios (altar de bronce), la experiencia de la presencia divina en la adoración continua (altar de oro) y la comunión más íntima con Él (el propiciatorio). De ahí que se hable de la Trinidad como trasfondo de esta realidad celestial.
En conclusión, este séptimo punto —con la referencia del expositor de que el altar de bronce se asocia con el Hijo, el de oro con el Espíritu y el propiciatorio con el Padre— nos muestra la visión global del Tabernáculo como una tipología que apunta a la gracia trinitaria. Tal como se expresa en la clase, es la manifestación de cómo Dios, en su plenitud, lleva a cabo la redención y permite la adoración total del ser humano. Así, la transcripción confirma que estos tres lugares de aplicación de la sangre no solo eran rituales antiguos, sino que tienen su contrapartida eterna en la acción del Dios Trino que, a través de Cristo, hace posible que cada creyente sea purificado y se convierta en un verdadero adorador.
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