El Sacerdocio de Cristo: Posible por el Nuevo Pacto

 El Sacerdocio de Cristo: Una Transición Desde el Nuevo Pacto

La figura de Cristo como sumo sacerdote en el Nuevo Pacto es una doctrina fundamental en la teología cristiana que encuentra su mayor desarrollo en el libro de Hebreos. Sin embargo, para comprender adecuadamente esta enseñanza, es esencial abordar la idea de que Cristo no asumió el rol de sumo sacerdote mientras vivía en la tierra, sino que lo hizo después de su resurrección y ascensión al cielo. Este ensayo explora cómo el sacerdocio de Cristo, según el orden de Melquisedec, se establece únicamente después de su entrada al Lugar Santísimo celestial, y cómo esto se vincula con la inauguración del Nuevo Pacto mediante su sacrificio en la cruz.

La Imposibilidad de Ser Sumo Sacerdote en la Tierra

Cristo, durante su ministerio terrenal, no pudo ejercer el sacerdocio bajo la ley mosaica debido a su linaje. Según la ley del Antiguo Pacto, el sacerdocio estaba estrictamente reservado para los descendientes de Aarón, de la tribu de Leví. Este mandato era inamovible: ningún otro podía asumir el rol de sacerdote, mucho menos el de sumo sacerdote, si no pertenecía a esta familia específica. Como declara Hebreos 7:13-14, "Porque aquel de quien se dicen estas cosas, pertenece a otra tribu, de la cual nadie sirvió al altar. Porque es evidente que nuestro Señor descendió de Judá, tribu de la cual nada habló Moisés tocante al sacerdocio."

Cristo, siendo descendiente de la tribu de Judá, conforme a la carne, no calificaba para el sacerdocio levítico. Su ministerio en la tierra estuvo enfocado en predicar el reino de Dios, enseñar la verdad del Evangelio y realizar milagros que testificaban su divinidad. Sin embargo, en ningún momento de su vida terrenal asumió o ejerció las funciones sacerdotales que requerían oficiar en el templo o presentar sacrificios, algo que estaba reservado exclusivamente para los descendientes de Aarón. Esta restricción legal subraya que el sacerdocio de Cristo debía ser de un orden completamente distinto, uno que no estuviera basado en la descendencia según la carne, sino en un principio superior y eterno.

El Nuevo Sacerdocio y el Nuevo Pacto

Para que Cristo pudiera convertirse en sumo sacerdote, era necesario que se estableciera un nuevo sacerdocio, uno que no dependiera del linaje levítico, sino que tuviera su fundamento en una orden eterna y superior. Aquí es donde entra en juego la figura de Melquisedec, mencionada en el libro de Hebreos como el arquetipo de un sacerdocio distinto al de Aarón. Melquisedec, rey de Salem y sacerdote del Dios Altísimo, es presentado en Génesis 14 como una figura misteriosa y singular que bendice a Abraham, recibiendo de él los diezmos. Hebreos 7:17 subraya la profecía mesiánica: "Tú eres sacerdote para siempre según el orden de Melquisedec."

Este sacerdocio no estaba basado en la descendencia física o en una ley externa, sino en el poder de una vida indestructible. De esta manera, para que Cristo asumiera el rol de sumo sacerdote, era necesario un cambio de ley, lo que implicaba la inauguración de un nuevo pacto. El antiguo pacto, con sus leyes y regulaciones acerca del sacerdocio levítico, debía ser abrogado y sustituido por un nuevo orden, donde Cristo pudiera ejercer su sacerdocio en un sentido pleno y definitivo.

La Inauguración del Nuevo Pacto mediante el Sacrificio de Cristo

El establecimiento del nuevo sacerdocio y del Nuevo Pacto está íntimamente ligado al sacrificio de Cristo en la cruz. La muerte de Cristo no fue simplemente un evento aislado, sino que actuó como el acto inaugural del Nuevo Pacto. En la última cena, Jesús se refiere al vino como "mi sangre del nuevo pacto, que es derramada por muchos para el perdón de los pecados" (Mateo 26:28). Con estas palabras, Jesús estaba señalando que su muerte sería el sacrificio que sellaría el Nuevo Pacto entre Dios y la humanidad.

Este sacrificio tenía características propias de un sacrificio de paz o comunión, donde no solo se expiaban los pecados, sino que también se celebraba una comunión renovada entre Dios y su pueblo. En el Antiguo Testamento, los sacrificios de paz no solo expiaban, sino que también permitían a los oferentes participar en una comida sagrada, simbolizando la paz y la comunión restaurada con Dios. De manera similar, la Eucaristía, instituida por Cristo, es una participación en su cuerpo y sangre, celebrando la comunión renovada que ha sido posible gracias a su sacrificio.

El Rol de Cristo como Sumo Sacerdote: Una Función Post-Resurrección

Es crucial entender que, aunque el sacrificio de Cristo se llevó a cabo en la cruz, su rol como sumo sacerdote se activa plenamente solo después de su resurrección y ascensión. Hebreos 9:11-12 afirma: "Pero estando ya presente Cristo, sumo sacerdote de los bienes venideros, por el más amplio y más perfecto tabernáculo, no hecho de manos, es decir, no de esta creación, y no por sangre de machos cabríos ni de becerros, sino por su propia sangre, entró una vez para siempre en el Lugar Santísimo, habiendo obtenido eterna redención."

Este pasaje revela que la obra de Cristo como sumo sacerdote no se realiza en un templo terrenal, sino en el celestial, y que este ministerio comienza después de su resurrección. En la cruz, Cristo ofrece su vida como sacrificio, pero es al ascender al cielo que entra al Lugar Santísimo verdadero, donde presenta su sangre, no como un sacrificio repetitivo, sino como uno perfecto y suficiente para la redención eterna. Este acto es la culminación de su obra sacrificial y la inauguración de su sacerdocio en el cielo.

La Expiación y la Aplicación de la Sangre en el Contexto del Nuevo Pacto

La expiación en el contexto del Nuevo Pacto está directamente vinculada al papel de Cristo como sumo sacerdote. La expiación no se completa simplemente en la muerte de Cristo, sino que encuentra su cumplimiento en su entrada al Lugar Santísimo celestial, donde presenta su sangre ante el trono de gracia (Hilasterion). En este sentido, la expiación es un acto sacerdotal que Cristo realiza como sumo sacerdote en el cielo, después de su resurrección.

Es en este contexto que la expiación adquiere su pleno significado: no es simplemente la remisión de pecados, sino la purificación y reconciliación total que Cristo realiza al interceder continuamente por los creyentes en la presencia de Dios. La sangre de Cristo, ofrecida una vez y para siempre, es la garantía del perdón y la base sobre la cual se establece el Nuevo Pacto, anulando así el Antiguo Pacto y sus regulaciones.

Conclusión

El sacerdocio de Cristo, según el orden de Melquisedec, solo se establece plenamente después de su resurrección y ascensión, cuando entra al Lugar Santísimo celestial. Durante su vida terrenal, Cristo no pudo ejercer el sacerdocio debido a su linaje, pero su sacrificio en la cruz inaugura un nuevo pacto que permite la instauración de un nuevo sacerdocio. Este sacerdocio, no basado en la ley mosaica, sino en el poder de una vida indestructible, es el fundamento del Nuevo Pacto, que implica no solo la expiación de pecados, sino la restauración completa de la comunión entre Dios y su pueblo.

La muerte de Cristo es, por tanto, el sacrificio de pacto que sella esta nueva relación, mientras que su rol como sumo sacerdote se cumple en el cielo, donde intercede por los creyentes y aplica su sangre como expiación final y completa. Este nuevo sacerdocio y pacto transforman radicalmente la relación entre Dios y la humanidad, estableciendo una comunión eterna basada en el sacrificio perfecto de Cristo y su ministerio continuo como sumo sacerdote en el Lugar Santísimo celestial.

 

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